ÚLTIMA HORA

 





Ver el sol

23 de agosto 2010


Me despierto y me quejo: la cama en la que he dormido no es tan blanda como deseaba. Me levanto y me quejo: el agua con la que me lavola cara está a una temperatura más baja de la que debería. Salgo a la calle y me quejo: los jardines públicos tienen pocas flores. Entro en mi trabajo y me quejo: el jefe me ha mandado más tareas de lo habitual. Llego a casa y me quejo: en la televisión no están dando nada que me interese…

Ella tiene razones para que una persona como yo le caiga mal. Arancha vive en Las Granaderas, en el municipio de Icod de los Vinos. Tiene 34 años. Y el destino le impide ver el sol. La historia de esta joven icodense nos debe hacer reflexionar a todos sobre el valor de la vida. Arancha entró en el quirófano para operarse de una rodilla. Era deportista, muy deportista. La mala fortuna hizo que el cirujano tocara un nervio. Hoy, doce años después de aquella desgracia, Arancha sufre un 95% de discapacidad. Apenas puede moverse. Y lo más triste de todo: ni siquiera puede ver el sol.

Dice que echa de menos precisamente eso: salir a la calle y respirar. Hace mucho tiempo que no recuerda a qué huele el mar, el monte, el centro del pueblo… Le gustaría participar en las fiestas de los barrios de Icod de los Vinos, perteneciendo a las comisiones. Sueña con que sus historias, escritas con un perfecto uso del lenguaje, lleguen a convertirse algún día en un libro. Pero eso son simplemente caprichos. Lo que de verdad necesita es salir a la calle y respirar.

Para ello, precisa ayuda. En estos momentos, ninguna institución pública se la presta. Se encuentra en su cama.  Acostada. Su única salida al exterior: un ordenador con acceso a internet. No quiere dinero. No quiere lástima. No quiere compasión. Necesita que algún político, que algún funcionario o directivo, conozca su historia. A partir de ella, busca que alguien le aporte una solución. Una especie de montacargas,
tal vez, colocado por fuera de su casa, le serviría para saltarse lo que hoy por hoy es una gran barrera: la escalera.

Ha pedido ayuda tropecientas mil veces. Promesas y más promesas. Incumplidas. Siempre incumplidas. Arancha, sin quejarse, con una voz melodiosa, cansada, pero nunca pesimista ni contrariada, dice que su sueño es volver a ver el sol.

Abro la ventana  y me quejo: el sol es demasiado picón. Un momento: ¿no me estaré quejando por vicio?

NOTA: Cualquier persona que esté dispuesta a ayudar o a ofrecer un granito de arena para ayudar a Arancha, ruego se ponga en contacto conmigo a través del e-mail. Además, me gustaría agradecer a mi amigo Fernando el haberme dado a conocer esta historia. Gracias, Fernando. Y un último mensaje: Arancha, ánimo. Nunca dejes de escribir. Y, sobre todo, nunca dejes de luchar.


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